En un mundo donde la «inclusión social» se ha convertido en un ideal ampliamente promovido, pocos se preguntan por los orígenes y las implicaciones reales de este concepto. «La invención de la exclusión» propone una mirada crítica y descolonial que desafía esta narrativa, vinculándola con las lógicas de poder, colonialidad y capitalismo que estructuran nuestro sistema-mundo.
En esta conversación con su autor, exploraremos por qué la inclusión puede ser un “dispositivo” que perpetúa las desigualdades que dice combatir, cómo se relaciona con la explotación y no solo con la exclusión, y qué alternativas podrían construirse desde los márgenes para imaginar una verdadera transformación social.


¿Qué te llevó a investigar las raíces coloniales del concepto de inclusión social?
Mi investigación surgió al contrastar dos experiencias: por un lado, el informe de CLACSO sobre los efectos de la política educativa neoliberal en Argentina, y por otro, mi trabajo práctico en la expansión de la matrícula universitaria en Venezuela a través de la Misión Sucre. Me llamó la atención que, a pesar de que en Venezuela nos proponíamos construir políticas contrarias al neoliberalismo, los problemas que surgían en la práctica eran muy similares a los generados por las políticas neoliberales. Esto me llevó a cuestionar los discursos subyacentes y, gracias a mi formación en descolonización, antropología y semiótica, decidí analizar cómo se incorporó en nuestro lenguaje político la idea de “inclusión social”. Un texto clave fue el del pensador africano Macbeth McDanney, quien planteó que el problema no es tanto “estar excluido”, sino “cómo fuimos excluidos”. Esto me permitió conectar mi preocupación por la descolonización con el análisis de las políticas educativas.
¿Por qué consideras que la invasión europea de América en 1492 marca el inicio de la modernidad y su “cara oculta”, la colonialidad?
Porque en 1492 se concretó la primera conquista exitosa de la cristiandad fuera de Europa, allende la península ibérica. Esto permitió la expansión material y subjetiva de una lógica de superioridad europea, ya no solo sustentada teológicamente, sino también demostrada mediante la conquista y colonización de otros pueblos. Enrique Dussel lo llama el “ego conquiro” (ego conquistador), que se despliega secularmente hasta hoy. La modernidad europea se construyó sobre esta expansión de su subjetividad y dinámica de poder, por lo que colonialidad y modernidad son dos caras del mismo proceso: no se entiende la una sin la otra.
¿Cuál es la relación entre el concepto de inclusión social y la reproducción del sistema-mundo capitalista?
El concepto de inclusión social responde a un momento específico del desarrollo capitalista, surgiendo en los años 70 como sustitución de la idea de “progreso”. Su origen suele ubicarse en la obra de René Lenoir, ministro francés después del Mayo del 68, quien popularizó la noción de “los excluidos”. Este concepto es hijo del contexto neoliberal y de las soluciones que el sistema capitalista encontró para afrontar sus crisis posteriores al Estado de bienestar. La inclusión social permite hablar de “igualdad de oportunidades” sin cuestionar las desigualdades estructurales, facilitando así la reproducción del sistema.
En tu investigación, afirmas que el ser humano no es excluido sino explotado. ¿Cómo llegaste a esta conclusión?
Llegué a esta conclusión al analizar cómo el discurso de la “exclusión” invisibiliza las dinámicas reales de poder. La idea de inclusión presupone un “adentro” naturalizado y deseable, y un “afuera” que debe ser incorporado. Quien está “dentro” tiene el poder de incluir, lo que evita cuestionar por qué hay personas “expulsadas” en primer lugar. Prefiero el término “explotación” porque explica mejor la negación de humanidad y la subordinación sistemática de poblaciones enteras, que solo pueden “incorporarse” reproduciendo las lógicas del sistema que las explota.
¿Qué papel juega la “exclusión” como enunciado dentro del discurso del desarrollismo de mercado?
En América Latina, el discurso de la “exclusión social” surgió en los años 80 como una nueva retórica para abordar la desigualdad, en un contexto donde el impasse del desarrollismo no se había resuelto. Este concepto se asoció al mito de la “igualdad de oportunidades” y se vinculó directamente con el desempleo: el “excluido” es quien no tiene trabajo. Así, el desarrollismo de mercado sustituyó al desarrollismo estatal, proponiendo que el bienestar se genera a través del mercado, no del Estado. La “exclusión” sirvió para justificar políticas de apertura mercantil y liberalización, sin cuestionar las estructuras que producen la desigualdad.
¿Cómo se relaciona la noción de inclusión con las lógicas coloniales que mencionas?
La noción de inclusión reproduce la lógica colonial al naturalizar un “centro” (el mundo “desarrollado”, “civilizado”) y una “periferia” que debe ser incorporada a ese centro en sus términos. Quien incluye ocupa una posición de poder colonial: decide quién entra, cómo y bajo qué condiciones. Esto invisibiliza las violencias históricas que produjeron la “exclusión” y perpetúa la subordinación de los grupos marginados, quienes solo pueden ser “incluidos” si se adaptan a las normas del sistema dominante.


