Entrevista con la autora de la huelga de los mendigos: Aminata Sow Fall arroja sus verdades

Entrevista con la autora de la huelga de los mendigos: Aminata Sow Fall arroja sus verdades

La mendicidad está prohibida en la calle y en lugares públicos desde la semana pasada. Usted es la autora de La Gréve des battu (la huelga de los mendigos), una novela que precisamente aborda la mendicidad y cuyos puntos de semejanza con la realidad actual son extremadamente numerosos. Se podría decir que, en cierto modo, es usted una visionaria.

Se lo agradezco. No me gustaría presentarme bajo la apariencia de un profeta, pero la literatura en sí misma está llena de coincidencias como esa. Se adelanta a la realidad. Es cierto, en mi libro está la historia de este mendigo perseguido por la policía que causa un accidente huyendo y que acaba en el hospital para curarse. Allí se le exigió un certificado de indigencia que no tenía y murió. Algún tiempo después de la publicación del libro, ocurrió la misma escena. Realmente se produjo y un cineasta produjo una película llamada Certificado de indigencia basada en este hecho. En circunstancias normales, y si no se hubiera basado en un hecho real, le habría indicado que era mi propiedad intelectual. Como puede ver, la literatura siempre tiene algo visionario. Y cuando escuché la decisión del Estado, no me sorprendió. Estoy muy satisfecha con esta decisión. Lo que fundamentalmente me llevó a escribir este libro es el problema de la dignidad. Un día escuché a alguien referirse a los mendigos como «desechos humanos». Me dije a mí misma: «No, podemos llamarlos desechos humanos». Tenemos que recobrar la compostura, porque cada ser humano merece respeto y dignidad. Sobre todo porque es la sociedad misma la que segrega al mendigo por sus miedos, sus angustias existenciales y a cambio se les ofrece desprecio. Entonces había dos cosas. Los mendigos, por un lado, pero también el desprecio que la sociedad sentía frente a ellos. Lo sentí. Además, ¿hay alguien que haya hecho una tesis y que haya ido hasta el origen? Dijo que era en una fecha determinada, en una reunión en particular. Siempre me duele cuando lastimamos a alguien en su dignidad. Un día pasé por delante del paseo Papa Guèye Fall y vi que traían mucha comida a los mendigos. Y surgió una pregunta en mi cabeza. Esta pregunta es la siguiente: «Si estos mendigos hubieran rechazado la comida, entonces aquellos que les traen tanta comida se darían cuenta de que los necesitan». Y mi novela se creó a partir de esta pregunta. Sobre todo quería denunciar el desprecio por los mendigos y al mismo tiempo esa inhumanidad provocaba que se les despreciara. Pero luego, conforme se va desarrollando la trama hacia el final, sugerí que podríamos organizarlos en algún lugar. Eso fue en los años 70, pero la mendicidad ha cambiado actualmente.

Pero, ¿qué ha cambiado entre la época que usted describe en la novela y la actualidad?

Lo que ha cambiado es la masificación del fenómeno. Los mendigos están en todas partes. Lo que también ha cambiado es que antes, de manera general, los que mendigaban lo hacían por necesidad. Eran personas pobres que mendigaban por razones económicas. Y los propios estudiantes hicieron lo que siempre se han hecho: iban a aprender humildad. Incluso hay hijos de reyes que van a mendigar. Y a menudo son los padres de estos niños quienes mantienen a los morabitos. Lo que ha cambiado es una desvalorización de un sistema que era parte del mecanismo regulador de la sociedad. Lo que también ha cambiado es el significado del dinero. Ese fue el tema de mi primera novela. Porque antes, siempre se decía que el dinero había que poseerlo, pero no dejar que nos poseyera. Como no previene la muerte, debe servir para salvar el honor. Ahora el dinero fácil ha crecido.

Pero lo que ha cambiado especialmente es la trata de niños. Es realmente insoportable. Han pasado generaciones y generaciones de jóvenes cuya infancia ha sido robada; se les ha robado la inocencia. Están expuestos a todos los peligros imaginables. Y esto, por supuesto, ofrece una mala imagen del país. Lo que también ha cambiado es el impacto de los valores.

En la novela, usted trata de adentrarse en su universo psicológico. Tenemos la impresión de que el fenómeno ya era sofisticado en aquel momento. Cada uno tiene sus límites bien definidos, logran comprender los motivos psicológicos de los donantes de limosnas.

Ni siquiera me adentré en su mundo real; lo que hice fue una obra literaria. Inventé esta historia a partir de mi sociedad tal y como la siento. Desde el día que vi la señal, mi cabeza comenzó a funcionar. Y busqué en mí misma. A menudo la literatura se adelanta a los hechos y puede percibirse a posteriori como premonitorio. Son situaciones que planteé, que no existían en ningún lado.

Usted plantea la vicepresidencia como una recompensa para Mour Ndiaye, el brazo armado del poder para perseguir a los mendigos. La vicepresidencia sigue siendo aún hoy un tema candente. Vemos que Mour Ndiaye pierde su lucha contra los mendigos al final. ¿No deberíamos esperar un final similar en la realidad presente?

No desearía que así fuera, porque la novela ha tenido un seguimiento a través artículos, noticias, que trataban el problema de la mendicidad. Hace mucho tiempo que yo deseaba que se tomaran tales medidas. Así que no puedo desear que los iniciadores de esta lucha pierdan el combate, porque es algo que siempre he querido. Si recuerda, hace dos o tres años el Banco Mundial tomó una opción que no funcionó como debería. Cuando tuvo lugar el Consejo Presidencial, fui yo quien realizó y leyó el documento de apertura para mostrar cómo la mendicidad degrada a los seres humanos y cómo representa un peligro para los niños.

Pero, ¿cómo llegó a la idea de la vicepresidencia, porque es un tema realmente de actualidad?

Vino así, sin más, porque, como usted bien sabe, las autoridades políticas que están en el libro se ocupan primero de sus ambiciones antes que de sus deberes para con la humanidad. Por eso elegí a una persona que tiene una ambición particular, que es la de convertirse en vicepresidente de la República.

Usted ha hablado de la dignidad humana, de la mendicidad que envilece al ser humano. Pero ¿no se puede explicar el fenómeno por el hecho de que la pobreza se ha extendido en nuestro país y que hay muchas personas que han sido marginadas y que no encuentran otra solución que pedir limosna?

No. Nunca acepté esta explicación. Siempre ha habido gente pobre. Si vas a Camerún, a Costa de Marfil, no verás gente pidiendo limosna. Y, sin embargo, hay gente pobre. La mendicidad existe en todas partes, pero lo que está sucediendo en nuestro país es excesivo. Es esta magnitud lo que causa vergüenza.

Pero la pobreza está presente en nuestro país.

Sí, pero no hay una fatalidad de pobreza. La pobreza, debemos superarla, debemos trabajar en ello. Escribí un libro llamado Douceur du bercail“. En este libro digo que debemos trabajar y no buscar enriquecernos a cualquier precio sin hacer ningún esfuerzo. No hay que querer el dinero fácil. Encuentro normal que una persona con discapacidad mendigue. Incluso ellos mismos, en el mejor de los casos, no deberían pedir limosna, pero la sociedad les obliga a hacerlo. Cuando era joven, en St. Louis, las mujeres ciegas improvisaban canciones que eran agradables de escuchar. El propio Julien Jouga ha llegado a interpretar algunas. Ellas iban a cantar a las casas y la sociedad sabía que tenía que ayudarlas. Por lo tanto no está bien decir que se mendiga porque se es pobre y que no se puede hacer nada. Estoy a favor de que a la gente le cueste, que trabaje, que haga esfuerzos para salir de eso. Repito, la pobreza no es inevitable. Y es algo que se debe inculcar a través de la educación. Y eso es lo que falta en este momento.

¿Entonces quieres decir que hay una cultura de la comodidad en Senegal?

Sí, una cultura de la comodidad, una cultura con falta de amor propio y falta de orgullo. Los donantes, en mi opinión, también tienen una responsabilidad cuando dicen que somos pobres, nos califican como un país de pobres donde las mujeres no hacen nada y duermen todo el tiempo. Y hemos integrado esta idea de nuestra pobreza. Entonces, cuando tienes que barrer delante de ti, ya no lo haces. Cuando hay desechos plásticos, no los recogemos. Nadie se toma la molestia de decirse: «Quiero mi bienestar». Nos estamos desmoronando en nuestra pobreza y estamos esperando que el Estado venga y haga todo. No niego que es complejo, pero me opongo rotundamente a la excusa de que la pobreza es una coartada para la mendicidad. Tal vez es ingenuo, pero yo lo veo de esa manera.

¿No tiene la impresión de que también esto puede estar vinculado al desentendimiento del Estado? En países desarrollados como Francia, la solidaridad está integrada en el sistema. Pero en países como el nuestro, dejamos a los pobres a su suerte.

Creo que el Estado puede tener deficiencias, pero a las familias no se les debe permitir que su dignidad este supeditada a la acción del Estado. No se debe decir que el Estado tiene que hacerlo todo. Yo viajado mucho alrededor del mundo. En París, puedes ver a las personas sin hogar que son pobres. Creo que es menos violento ser pobre en nuestros países que en estos países occidentales. Porque incluso si existe el Estado y un mecanismo de solidaridad con un sistema de salud, no es fácil. Hay personas que no tienen seguro médico. Aquí hay solidaridad, cosa que no existe en sus países. No siempre se debe pensar que aquí nada es bueno y que otros lugares las cosas son mejores. El Estado ciertamente debe cumplir con su deber, que es proporcionar a los ciudadanos seguridad, asistencia sanitaria, garantizar el derecho al trabajo, entre otros. Pero no se puede esperar todo de las autoridades.

Pero las autoridades senegalesas han esperado la amenaza de los proveedores de fondos para combatir la trata de personas. ¿Cómo encuentra usted esta postura?

Sí, porque es algo que siempre he dicho. Reflexionando sobre la mendicidad pude averiguar que desde siempre ha estado prohibida por la Constitución. Que los proveedores de fondos digan: «Tenga cuidado, hay demasiada mendicidad», creo que es algo positivo. Y estoy contenta de que hayan ejercido presión sobre los gobernantes para que actúen. Debemos ver lo que es bueno para nosotros. Esta trata de niños debe desaparecer. No hago un planteamiento político, pero si los socios intervienen para que los niños tengan una vida mejor, estaría a favor de tal decisión.

Pero, ¿los mendigos no tienen una cierta utilidad social, ya que la mayoría de las personas que dan limosnas lo hacen de manera interesada, por ejemplo, para evitar la mala suerte?

Esto es básicamente lo que quería denunciar en mi libro, para que los donantes sepan que necesitan los mendigos. Es hipocresía. Por eso inventé esta trama, para decirles: «Ustedes también les necesitan para sus objetivos». El mensaje que quería transmitir es que estos donantes de caridad necesitan a los mendigos, no que los mendigos han de seguir pidiendo limosna.

Por lo tanto, el villano ya no es el mendigo, sino el señor Ndiaye, que quiere ser vicepresidente y carece de alma.

Sí, es el más malvado. Porque cuando escribí este libro, la mendicidad no se había instituido en fondos de comercio. Una vez escuché en la radio a una mujer que dijo que trató de detener, pero que después no pudo acumular los 3000 a 4000 francos senegaleses que recibía todos los días. Así que volvió a mendigar. Yo creo que esto no es bueno para una sociedad. Así que los más perversos son las personas que los explotan, a cambio de recompensarlos con desprecio.

Por lo tanto, el debate debe ampliarse no solo planteándolo en términos del desalojo de los mendigos, si no que debería expandirse para que las responsabilidades se tomen por parte del otro.

Exactamente.

Y precisamente estos senegaleses que usan mendigos no tienen mala conciencia en absoluto.

Esto es lo que quería manifestar en el libro poniendo de nuevo contra la pared a aquellas personas que usan a los mendigos sin ningún reconocimiento. Para que sean conscientes y para mostrar que es inhumano utilizar a los mendigos. Entonces, yo señalaba que se deberían encontrar mecanismos para conseguir soluciones. Uno puede, por ejemplo, identificar a aquellos que pueden mendigar. En nuestras sociedades, vemos formas de generosidad. Los necesitados a menudo no necesitaban mendigar. La gente los ayudaba discretamente en medio de la noche. Quien se benefició de dicha ayuda no sabía quién había sido. Lo explico en Festin de la détresse.

En el libro, en un momento determinado, el señor Ndiaye pierde el juego. ¿No teme un escenario idéntico?

Ediciones Wanafrica 2017

No estoy satisfecha con este tipo de argumentos. Creo que un Estado debe asumir su responsabilidad cuando se trata de la imagen de su país. ¿Qué hacemos con estos niños que vemos todos los días en la ciudad? Durante el invierno, tiemblan de frío en la calle. Y cuando les donamos ropa, al día siguiente ya no la llevan porque las personas que les hacen mendigar quieren que la sociedad sienta lástima de ellos. Vi estudiantes enfermos en la autopista norte de Dakar, enfermos y con vómitos o a punto de ser atropellados por un automóvil. Cuando el Estado actúa para proteger a estos niños y salvaguardar la imagen del país, estoy de acuerdo. Porque un Estado es un Estado, no es un juego político.

Pero luego, cuando usted mira la sociedad senegalesa en su conjunto, ¿siente que las cosas están bien?

No, creo que en muchos aspectos estamos retrocediendo, porque la base fundamental de la calidad en el individuo es la educación que, con sus valores, sus principios, une a la sociedad. Hoy en día se quiere alcanzar cueste lo que cueste la meta que nos hemos propuesto. Todo esto para satisfacer las ambiciones personales, las posiciones sociales sin pensar en lo que puede surgir. El ambiente social puede ser degradado por tales comportamientos. Como bien sabe, los jóvenes de 30 años nos vienen a decir actualmente que necesitamos referentes, modelos. Treinta años antes, los que vivían en esa época no lo habrían dicho porque lo habrían considerado como anticuado. Porque se dieron cuenta de que la sociedad ha retrocedido. Todo esto es la base, es por ello por lo que debemos reconstruir la base.

¿A qué se refiere exactamente con la base?

A la familia. Ya no tiene tiempo para educar en los valores esenciales. Alguien que vive cerca de ti, va emigra a Europa, y construye. No sabemos cómo llegó el dinero. Pero después, será la familia la que dirá: «Lo que aquel hizo, tú lo puedes hacerlo también». No sabemos cómo llegó el dinero. Es una competición. Son como las piraguas. Quieren hacerse ricos rápidamente. Por lo tanto, ante todo es la familia. Porque la familia no debe dejar la educación de sus hijos al Estado. Primero es la familia; luego, la escuela. Es el esfuerzo que se debe proporcionar de forma intensa, en el día a día.

¿Es probable que estos jóvenes piensen que el futuro está en estos países?

Sí, porque imitamos demasiado. Perdimos mucho. Creemos que la modernidad, la «civilización» es un punto como ese. Un punto o flecha que siempre apunta a Occidente. Pero la vida es un comienzo eterno, una recomposición eterna. Uno puede ser uno mismo e integrar todo lo que es bueno afuera. Ninguna civilización ha sido cerrada. El llamado mundo moderno no es esta civilización cerrada. Hubo cosas extraordinarias en el este, en China. Pero nosotros, los senegaleses, creemos que todo lo que viene de Occidente es bueno. Hasta la forma de vestir.

Por L’Observateur



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