Cómo sobrevivir en Mauthausen siendo negro y rojo

Cómo sobrevivir en Mauthausen siendo negro y rojo

En Mauthausen resultaba muy peligroso llamar la atención. Lo más recomendable para conservar la vida era pasar desapercibido, incluso ser invisible. Pero Carlos Greykey lo tenía complicado. Su color de piel negro lo delataba en un universo de arios uniformados de las SS, judíos con harapos rayados y deportados políticos de extremada palidez por las duras condiciones que se veían obligados a padecer.

Sin embargo, paradójicamente su popularidad en el campo de concentración austriaco le salvó. Supo sobrevivir, a pesar de que este catalán –hijo de inmigrantes de Fernando Poo cuando la isla guineana formaba parte de las provincias españolas en África– estaba destinado a morir gaseado en las duchas, como una víctima más de la campaña de eliminación de lo que los nazis consideraban razas inferiores.

Fue un milagro. ¿Cómo iba a salvarse él si cumplía con todas las condiciones para pasar por las mortales duchas nada más llegar a las instalaciones? Su color le delataba y su condición de republicano español le colocaba en cualquier punto de mira. ¿Cómo logró eludir la muerte? Sin duda, gracias a su ingenio y a una educación inusual por aquellos años.

Carlos Greykey (Barcelona, 1913) era un tipo diferente. Su piel era el primer ingrediente para hacerlo distinto en la España de principios del siglo pasado. Tampoco correspondía a su tiempo y a su clase social la formación educativa de la que pudo disfrutar –llegando a ir a la universidad pese a que procedía de una familia humilde que sólo tenía como ingresos el dinero que su madre ganaba por limpiar escaleras en los lujosos edificios del Paseo de Gracia–.

Era un adelantado a su tiempo. Un progresista que pronto manifestó su afición por moverse en la vanguardia ideológica de la Ciudad Condal de los años veinte y treinta, abrazando el catalanismo y los movimientos de izquierda en plena República. El estallido de la Guerra Civil, tras el golpe de estado protagonizado por Franco, le cogió a punto de terminar sus estudios de Medicina. De inmediato se lanzó al frente a defender la democracia.

Sobra relatar que su apuesta por el bando perdedor le llevó a tener que exiliarse en Francia para escapar de las iras de quienes se impusieron en la contienda fratricida nacional. Pero en el país vecino del norte se encontró con otra guerra, en la que volvió a combatir y en la que volvió a perder. Tras la capitulación de las tropas galas ante la Wehrmacht acabó con sus ya doloridos huesos en campos de detención, primero, y en el de exterminación de Mauthausen, después.

Imposible pasar desapercibido

Era una tarde gris del 21 de junio de 1941 cuando Greykey llegó al infame confinamiento construido en la ciudad austríaca hacinado en un tren de carga, junto a otros miles de republicanos españoles que, como él, acumulaban derrotas.

La consigna que se propagó por los vagones antes de desembarcar recomendaba silencio, nada de llamar la atención. El barcelonés lo intentó como todos, pero su piel, una gota negra en un universo blanco, era incompatible con la discreción. La banda sonora de ladridos y gritos no impidió que pronto destacara entre los prisioneros formados a golpe de culata en el patio de los garajes. Allí, todos desnudos, Greykey no pudo camuflarse entre sus cinco mil compañeros.

Pronto un oficial se fijó en su piel de ébano y en un físico que sobresalía de la escuálida fauna humana que arribó en aquel convoy. El afroespañol –de verdadero nombre José Carlos Grey-Molay– fue inmediatamente seleccionado por el ojo avizor de aquel capitán. Tras pasarle un trapo por la cara para comprobar que el tono de su piel no era falso, aquel nazi estuvo a punto de mandarle a la fila de las duchas, ya que el Tercer Reich consideraba a los negros como una raza inferior que había que eliminar ante el peligro de contaminación de los arios que suponían.

Pero Carlos le contestó en alemán y la sorpresa del oficial ya fue total. Negro, español, republicano y además hablaba su idioma. “¿Quién eres tú?”, le debió preguntar. No se conocen más detalles de aquella conversación, pero lo cierto es que el joven y despierto catalán de origen ecuatoguineano debió convencer al nazi con la respuesta. Su ingenio, su carácter divertido y su condición de diferente cautivaron también a otros jerarcas del campo.

Y así, un hombre cuyo destino apuntaba ineludiblemente hacia la tragedia, se convirtió en el preso político 5124, distinguido con un triángulo invertido de color rojo que evidenciaba su condición de izquierdoso, y en miembro del equipo de camareros que se encargaban de servir en las comidas y cenas de los oficiales. Su amplia cultura –además de alemán, catalán y español, hablaba inglés y francés– le llevó pronto a encargarse de la mesa del comandante del campo, Franz Ziereis, quien le vistió con un viejo uniforme rojo de botones dorados que procedía de la antigua Guardia Real de Yugoslavia.

Finalmente se encargó de la portería y de la guardarropía del club de los oficiales. Ese puesto no sólo le salvó de los mortales trabajos forzados de la famosa cantera de Mauthausen, sino que también le dio la oportunidad de servir a Heinrich Himmler durante una visita que realizó al campo en 1941. Ziereis le presentó como “un negro español”. Lo tuvo que decir varias veces para que el reichführer le creyera. “Vivía en España, pero su padre era caníbal y comía carne humana”, añadió el comandante de aquel lugar de exterminio, al tiempo que abrió la boca de Greykey para que todos pudieran contemplar su excelente dentadura, algo poco frecuente entre los prisioneros. Sin duda, despertaba curiosidad.

Lo cierto es que el republicano catalán era exhibido como un mono de feria amaestrado, como un extraño trofeo, como un fenómeno que mostrar a los jerarcas de Berlín que visitaban las instalaciones. Carlos asumía su papel y provocaba numerosas carcajadas con sus ocurrencias. Pronto fue muy popular por su condición de mascota.

Era habitual que le pasaran la mano por la cara para ver si desteñía. ¿Por qué eres negro?, le preguntaban. “Es que mi madre olvidó lavarme”, contestaba él. Esas constantes humillaciones fueron, quizá, las que le salvaron. Sin embargo, no pudo librarse de los castigos. Nadie conseguía eludirlos en Mauthausen.

De hecho, una respuesta desacertada de Greykey le hizo perder su condición de preso privilegiado cuando la Segunda Guerra Mundial pasaba ya sus últimas páginas. Los nazis se cansaron de él y decidieron que ya no precisaban de sus servicios. Los compatriotas españoles optaron por esconderle cuando ya faltaban pocas fechas para la liberación y las SS comenzaban a eliminar testigos. Durante los recuentos llegaron incluso a camuflarle embadurnándole la cara y las manos con polvo.

El republicano negro español sobrevivió a un cautiverio de casi cuatro años e incluso formó parte del grupo de españoles que se amotinaron y redujeron a los pocos guardianes alemanes que quedaban en el campo cuando las tropas estadounidenses estaban ya en sus cercanías. Participó, asimismo, en el recibimiento con canciones y pancartas escritas en español.

Terminada la guerra, su condición de exiliado le impidió regresar a España, donde sólo le esperaba la cárcel. Decidió instalarse en Francia, obteniendo la nacionalidad gala años más tarde gracias a una oferta de De Gaulle. Allí contrajo matrimonio y formó familia. Aunque inicialmente participaba en las reuniones periódicas de deportados, finalmente se perdió su pista en un departamento cercano a París. Más tarde llegaron noticias de su fallecimiento.

 

La historia de Carlos Greykey –muy recordado por sus compañeros– ha sido recogida en numerosas publicaciones. Abundan los testimonios bibliográficos sobre su figura. Por citar algunos, se puede leer sobre sus aconteceres en ‘Los catalanes en los campos nazis’, de Montserrat Roig; ‘Spaniards in the holocaust: Mauthausen, the horror in the Danube’, del historiador británico David Wingate Pike; ‘K.L. Reich’, del superviviente Joaquim Amat-Piniella; y, más recientemente, ‘Negros en los campos nazis’, del escritor y periodista francés de origen marfileño Serge Bilé.

Fuente: el correo



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